Presencia e inteligencia no son espectáculo, sino autoridad.
Escrito por Laura Xicota – CEO Merlin Digital Partner
Estoy segura de que alguna vez has pensado que alguien “se ve demasiado bien como para ser brillante”. Quizás has desconfiado del talento de una persona solo por cómo se presenta o te ha incomodado alguien que, simplemente por entrar en una sala, ocupa un espacio que no pidió.
Este artículo no pretende crear una discusión ni ningún enfrentamiento, solo es una reflexión en voz alta, sobre que las personas pueden brillar por dentro y por fuera y sin temor a ser juzgadas o ¡ojo! sin tener que demostrarlo 1500 veces. Aún se juzga el pensamiento por la forma y se minimiza por el envoltorio. Como si tener presencia y ‘saber pensar’ invalidara al momento la profundidad o esencia de una persona. Muchos no nos damos cuenta, pero, lamentablemente, sucede más de lo que imaginamos.
Presencia e inteligencia juntas son señal de autoridad, no de amenaza. Quien aprende a canalizarlas con criterio y humildad convierte la mirada ajena en respeto y oportunidades.
No debería sorprender, pero sigue pasando. Se ha normalizado cuestionar lo creíble que es alguien por si atrae también miradas. Como si el verdadero talento, en estos casos, tuviera que venir disfrazado de neutralidad para ser tomado en serio. De contrario, parece que hay que pedir permiso.
Y no es una exageración, os lo aseguro. Es un ‘algo’ silencioso, profundamente instaurado, y es que cuando una persona sea mujer u hombre destaca por su presencia, muchos empiezan a restarle sin haberle escuchado una sola palabra. Insisto, no pretendo generar ruido, solo poner luz y sacarlo de dentro.
Es un juicio que no se ve, pero pesa. Aún hoy, destacar puede costarte ser tomada en serio. Ser percibida como visible, atractiva o impactante no siempre abre puertas. A veces las cierra.
Y eso, lejos de ser un privilegio, es una carga y, muy pesada. Personas que piensan, construyen, lideran y sienten han sido desestimadas por una percepción superficial. ¿Es vanidad? ¡No, por Dios! Es aún una desigualdad disfrazada de opinion. Y es absurdo, lo siento.
Porque si la forma eclipsa el fondo, ¿quién se detiene a descubrir lo que realmente importa?
Muchas mujeres (y hombres) sienten la necesidad de minimizar su presencia para poder hablar, o de justificarse por cómo lucen antes de mostrar lo que saben.
No lo digo yo (solo), los datos hablan por sí solos. Un estudio de Harvard Business Review demostró que las personas con presencia física marcada son percibidas como menos competentes en posiciones de liderazgo. El informe global de Unilever reveló que 6 de cada 10 mujeres sienten que los estereotipos sobre la imagen han limitado su crecimiento profesional.
El juicio estético aún condiciona. Y aunque se vista de “percepción”, “encaje cultural” o “falta de feeling”, sigue siendo una forma de frenar el talento, cuando éste no entiende de género, ni de cultura ni de religion. ¿Es así, no? El pensamiento, sea más o menos, no entiende de estéticas o debería no hacerlo y el buen talento o mejor dicho, las capacidades no deberían medirse por la forma en la que caminas, te vistes o sonríes.
Y digo yo… Entonces, ¿por qué aún se escuda en la estética? Me hace gracia pensar en esta paradoja, pues me resulta sutil pero también peligrosa. Y os lo cuento a ‘pulmón abierto’. Se nos empuja a cuidar nuestra imagen… ¡cierto! Pero si lo haces demasiado, se desconfía de tu contenido. Si destacas, se te asocia a lo superficial. Pero si no lo haces, se te invisibiliza.
¿El resultado? Personas que brillan con la luz bajada y con temor a ser ‘mal’ juzgadas. Que dudan de ser ellas mismas para no incomodar. Que aprenden a hacerse pequeñas para poder avanzar. Cuántas veces he oído eso de… yo porque te conozco y sé cómo eres… Y es que parece que se deba dar las gracias por ello. Y no lo digo por mi ‘gente’, que no se sienta nadie ofendido. Voy en otra dirección y creo que todos aquí entienden cuál. Pero me pregunto, ¿por qué aún pasa esto?
Porque hay sectores donde lo visual y lo impactante se celebra. Moda, comunicación, entretenimiento, publicidad… y ahí, sí es bienvenido el carisma, el estilo, ¡la estética! Pero en otros espacios, como el mundo corporativo, el liderazgo tradicional o los entornos técnicos, se espera discreción. O mejor dicho, contención. Como si eso tuviera un dress code.
Si has llegado este punto del artículo, te doy las gracias. Significará que algo te ‘resuena’ o que directamente estoy hablando de ti. Porque sí, conozco a muchas personas que lo han vivido y siguen haciéndolo. Y lo más preocupante es que este artículo probablemente reciba pocos comentarios y muchos de los que discrepen y se muestren ‘ciegamente’ críticos a lo que digo. No porque no conecte. Sino porque decir esto en voz alta aún incomoda. Porque incluso quienes lo comparten en silencio prefieren no validarlo públicamente. Ojalá tu seas diferente.
Y concluyo antes de la ‘censura’… Para quienes ya no quieren pedir permiso para tener presencia. Para quienes están cansadas de tener que elegir entre destacar o ser respetadas. Para quienes piensan, lideran, crean… y también atraen y, no quieren esconderlo y se atrevan a romper con estos códigos no escritos. Que ven más allá. Que entienden que el verdadero talento nunca fue ni será neutro.
Así que, si esto incomoda, está bien. A veces, lo que remueve… es precisamente lo que más urge decir.
