Escrito por Laura Xicota
El tablero geopolítico mundial se reconfigura a una velocidad vertiginosa. Mientras focos de inestabilidad emergen y se consolidan en diversas latitudes —desde las complejidades económicas de Venezuela hasta las tensiones políticas en China y Rusia, sin olvidar la incertidumbre que los movimientos de «figuras» como Trump siembran en la política estadounidense, Europa se encuentra, inesperadamente (para mi felicidad), ante una oportunidad histórica. No es solo un espectador; es, por primera vez en mucho tiempo, un actor principal con una baza inmejorable: la seguridad.
Tradicionalmente vista como un continente maduro y quizás algo lento en sus reformas, Europa hoy emerge como un refugio de estabilidad, especialmente por su seguridad fiscal y marco regulatorio. Expertos en geopolítica y economía, como la reconocida Alicia Coronil, con quién tuve la suerte de coincidir en el V Promoción del Programa de Consejeros CIONET-ESADE, (y que, por cierto, me tiene enamorada y embelesada por su contenido, rigurosidad y calidad humana. ¡Me chifla!) , ya señalan este cambio de paradigma.
Ante la volatilidad global, el capital extranjero, que antes miraba a otros horizontes, busca ahora puertos seguros. Y es ahí donde Europa, con su solidez institucional y su previsibilidad jurídica, puede y debe convertirse en el nuevo centro de atención para las inversiones.
Esta oportunidad coincide con un movimiento interno crucial en lo que algunos ya identifican como las «Dos Europas». Por un lado, la Europa más vanguardista, que incluye a países como Suecia, Noruega, Dinamarca, está demostrando una capacidad renovada para abordar reformas necesarias (No, España no está en esa Europa, por desgracia).
Hablamos de la activación del debate sobre la sostenibilidad de las jubilaciones, de una inversión decidida en defensa que refuerce la autonomía estratégica del continente, y de una regulación laboral más flexible que libere el potencial de nuestros empresarios y fomente la creación de riqueza. Estos pasos, largamente esperados, reflejan una voluntad de adaptarse a los tiempos (no tenemos opción aunque muchos apunten a que sí) y de fortalecer el estado de bienestar con responsabilidad. Es una señal clara de que el continente está dispuesto a hacer los deberes.
Este «carpe diem» global nos exige más que nunca un reinicio. Y no, no me dirijo a los jóvenes. Muchos de nosotros seguimos creyendo en la suerte por arte divino. No podemos permitirnos mirar pasmados los acontecimientos globales, limitándonos a tapar agujeros. Es el momento de actuar, actuar y actuar. Cada país europeo, y España en particular, tiene la responsabilidad de formar y capacitar a sus ciudadanos para que puedan destacar en este nuevo escenario, poniendo en valor nuestras capacidades y nuestra mentalidad.
Tenemos sectores sólidos, como el turismo, que debemos profesionalizar y explotar con una calidad y una visión innovadora que lo diferencien aún más en el mundo. Hay decisiones audaces que se toman en el Norte, como la que ha «dicho claro Groenlandia» –señal de una geopolítica en constante ebullición– que nos invitan a reflexionar sobre nuestro propio camino, incluso si algunos, como Francia o la misma España, deban modular sus propias inercias.
Mientras algunos ‘grupillos’ republicanos en Estados Unidos ya se echan las manos a la cabeza ante los movimientos de Trump y su séquito –¡y con razón!–, la inestabilidad externa solo subraya el valor de nuestra fortaleza interna. Quién nos los iba a decir… Por eso, es crucial prestar atención al «small data», ese mejor indicador de cómo van nuestras propias cosas, de cómo nuestras comunidades y empresas se adaptan, más allá del gran ruido mundial.
Europa, y por ende nosotros, podemos y sabemos hacer grandes cosas. Nuestra historia lo avala, nuestra cultura lo sabe. Pero, ¿y nosotros? ¿Creemos en ello? Es el momento de abrazar esa mentalidad de «Yes, we can!» que tanto necesitamos. Esta no es una oportunidad para la autocomplacencia, sino para la acción decidida, la visión a largo plazo y la convicción de que, con trabajo y unidad, Europa puede no solo resistir las tormentas globales, sino también trazar un futuro de liderazgo y prosperidad.
